Nuestra forma de vivir, de ganarnos la vida, de relacionarnos, son un reflejo de que no hay mucha certeza en nuestras vidas.
Casi todas las cosas que hemos hecho en la vida estaban más o menos programadas, las hemos hecho porque los demás, o porque las tradiciones, nos han dicho lo que había que hacer.
Nos hemos adaptado al sistema, vivimos con cierta comodidad psicológica y lo que más nos preocupa es mantener nuestra comodidad física y nuestras ideas.
¿Hay certeza en algo?
¿Hay alguna certeza en la muerte? Uno puede creer que más allá de la muerte hay otra vida o puede creer que después de la muerte no hay nada.
¿Hay alguna certeza en Dios? Uno puede creer en un Dios a su imagen y semejanza o en un Dios todopoderoso o en un Dios moderno o no creer en absoluto en Dios, pero uno sabe en el fondo que no hay certeza alguna en las creencias.
¿Hay alguna certeza en el conocimiento? El desarrollo del conocimiento nos ha permitido interpretar la naturaleza en un contexto muy limitado pues no solo no hemos solucionado los eternos problemas de la humanidad sino que con el conocimiento hemos inventado nuevos y graves problemas: formas de aniquilarnos muy sofisticadas, nuevos y potentes pesticidas, basuras radiactivas difíciles de deshacer. Las teorías de Einstein, la física cuántica, los agujeros negros, el genoma humano, todo ello forma parte de un paradigma que no se sostiene.
Durante nuestra vida hemos viajado por diferentes tipos de ideas, hemos luchado por ideales políticos o sociales, hemos buceado en la expresión artística, hemos creído en el amor mientras amábamos, hemos adorado la naturaleza, hemos creído en el alma pura de nuestro ser y en su despertar a través del kundalini o de la iluminación, hemos creído que el mundo podía ser cambiado y que nosotros podíamos hacer algo al respecto. Pero nada de ello tenía la certeza necesaria.
Quizás no tenemos ninguna certeza porque hemos puesto nuestro destino en la memoria, en la experiencia, y no nos damos cuenta que jamás habrá certeza alguna en lo aprendido.
Nuestra certeza hemos de aprenderla en el ahora, en lo que vemos, en lo que observamos, sin necesidad de interpretar nada de lo que percibimos.
Nuestra confianza, nuestra seguridad, nuestra certeza, está en esa capacidad de percibir, de ver. No necesitamos tener ideas o prejuicios para ver, no necesitamos tener ni siquiera valores para darnos cuenta de lo que está sucediendo, hemos de confiar en nosotros mismos y en nuestra inteligencia innata para responder ante lo que vemos con verdadera racionalidad.
La única certeza posible está en esa actitud o capacidad de observación que subyace en nuestro ser y que nos permite actuar con total libertad, sin temores, sin recompensas que lograr, y con esa cualidad que permite relacionarnos con afecto.