Ante dicha pregunta es común oír respuestas como –no somos lo que pensamos-, -no somos el egoísmo-, -no somos nuestras identidades-, -no somos este cuerpo limitado-, -somos un ser maravilloso, una luz llena de energía limpia-. Con esas respuestas lo que queda claro es que no sabemos muy bien qué es lo que somos.

Si nos pasamos la vida pensando y hablando de nosotros mismos, eso significa que somos egocéntricos. Si además nos relacionamos con la naturaleza y con el prójimo para sacar provecho, es que también somos egoístas. Egocentrismo y egoísmo normalmente van de la mano, mientras el primero supone un estado de percepción en donde uno se ve como el centro del universo, desde donde todo tiene sentido, el segundo es la forma en que ese centro se relaciona con el resto del mundo, y que no es otra que encontrar satisfacción. Ambos estados son habituales en los niños, no se sabe si es a causa de la herencia animal o porque son treméndamente rápidos en absorber el estado psicológico de sus progenitores.
¿Por qué el ser humano permanece prácticamente durante su vida en un estado de inmadurez egoísta? Seguramente será porque cree que es la mejor manera de relacionarse en un mundo tan conflictivo, e incluso puede que piense que es la única forma que existe de convivir.
¿Somos conscientes de las consecuencias que tiene el egoísmo sobre uno mismo? Seguramente poca gente se ha hecho esta pregunta y menos aún ha encontrado una respuesta certera, quizás porque el egoísmo no es otra cosa que un estado de inconsciencia, y hacerlo consciente terminaría con él.
El egoísmo nos genera una de las peores sensaciones que existen y que de forma recurrente necesitamos poner remedio buscando seres con los que relacionarnos. Es la sensación de la separación, del aislamiento, de la soledad. Uno puede tener todo el dinero del mundo y comprar todos los sirvientes que desee, pero no puede comprar sentir el verdadero contacto con la vida, el estar unido a algo compartiendo su naturaleza, el ver que todo tiene sentido cuando se mira en el espejo del otro. Habrá personas que piensen que no les importa sentirse solos con tal de seguir sacando provecho de la vida, y ante dicha afirmación poco se puede decir salvo que el verdadero provecho de la vida comienza cuando estamos libres de deseos.
El egoísmo nos hace vivir y convivir con toda clase de problemas y conflictos, y continuamente estamos expuestos a todo tipo de emociones como la ansiedad, el temor, la inseguridad y el sufrimiento. Por otra parte el egoísmo nos hace disfrutar de una inmensidad de placeres pasajeros que antes de que nos demos cuenta ya se han esfumado, dejándonos cierta resaca de vacío que requiere volverse a llenar. Seguro que hay personas que no darían sus placeres por todo el dolor del mundo, pues piensan que la vida sin placeres no tendría sentido alguno, y ante dicha afirmación tampoco hay mucho que decir salvo que no hay mayor gozo en esta vida que no ser esclavo de placeres.

Mientras no seamos capaces de observar, cuestionar y comprender el egoísmo, no surgirá ningún otro estado en nuestra mente que no sea el propio egoísmo, y hasta que suceda ese preciso momento lo que somos está claro, si es que no queremos engañarnos. Sin embargo, hay quien dice que más allá del egoísmo hay todo un universo por descubrir que nos está esperando. ¿Y tú qué piensas?