
La vida humana se desarrolla psicológicamente
sobre las creencias básicas de lo que es el mundo y de lo que es uno mismo.
Estas creencias básicas no son producto de nuestro pensamiento o de nuestro
razonamiento sino que nuestro pensamiento y nuestra forma de razonar son una
consecuencia de dichas creencias básicas.
Podemos tener una infinidad de ideas, podemos
imaginar marcianos, diseñar ciudades estelares, crear mentalmente situaciones
hermosas, podemos pensar en robar un gran banco, es decir nuestras ideas
aparecen en nuestra mente como resultado de nuestra ocupación intelectual pero
las creencias operan en nuestra mente antes de ponernos a pensar.
Las ideas son una expresión de nuestras
creencias y serán más o menos válidas en la medida que refuerzan y no
contradicen dichas creencias.
Las creencias operan funcionalmente en el
terreno de lo inconsciente, mientras que las ideas son expresión del intelecto y
pertenecen más bien al campo de lo
consciente, como acciones dirigidas hacia el cumplimiento de determinados
deseos, motivos o intereses.
De la misma forma que tenemos las creencias
también tenemos la duda, es decir la duda está en nuestra vida como
consecuencia de la creencia, de la certeza de la creencia, y por tanto
pertenece al campo de la creencia.
Creencia y duda van de la mano. Quizás no seamos
conscientes ni de uno ni de otro pero ambos están en continua lucha psicológica
dentro de nuestra mente tratando de contactar con la realidad. La certeza y la
duda son una dualidad y cuando dicha dualidad desaparece surge la verdad.
Existe la creencia de que la duda es signo de
debilidad, una muestra de desequilibrio, pero lo cierto es que las personas que
han sobresalido mentalmente en la historia de la humanidad fueron aquellas que
dudaron de los conocimientos o creencias de su época. Al principio esas
personas parecieron insólitas, conflictivas, extrañas, y encontraron el rechazo
de las mayorías, pero con el paso del tiempo fueron apreciados porque gracias a
ellos la humanidad pudo obtener nuevos descubrimientos.
Por tanto la duda es una hermosa aliada de la
creencia y cuando la reprimimos, con alguna creencia irracional, lo que
conseguimos es desestabilizarnos psicológicamente y negar la posibilidad de
madurar y crecer mentalmente.
Otra gran creencia es sobre la razón y la
inteligencia. Creemos que la razón es el motor de la mente para encontrar la
realidad y que ello nos convierte en seres inteligentes. Lo cierto es que a lo
largo de la historia de la humanidad el ser humano se ha distinguido
principalmente por su irracionalidad, por su barbarie, por su crueldad, y hoy
en día ese mismo ser humano sigue produciendo guerras, creando divisiones,
explotándose a sí mismo y educando a sus hijos para dar continuidad a todas
esas creencias irracionales.
La razón solo sirve para dar sostén a nuestras
creencias y justificar nuestros actos y a pesar de que sus consecuencias sean
de hecho un desastre seguimos dando fe de nuestra razón en lugar de cultivar la
duda.
Lo curioso es que cuando queremos echar mano de
la duda lo que solemos hacer es pensar, nos ponemos a pensar como intentando
resolver nuestras dudas a través del pensamiento, sin darnos cuenta que el
pensamiento no es más que una herramienta al servicio de la creencia de la cual
ha surgido la duda.

De la misma forma que vivimos con la creencia
operando en el trasfondo de nuestro inconsciente, así hemos de vivir con la
duda. Vivir dudando es muy saludable, nos da la posibilidad de corregir y
adecuar aún mejor nuestras creencias a la realidad objetiva, nos mantiene
alerta y potencia nuestra capacidad de observación y atención.
La duda nos hace ser seres más desprendidos de
nosotros mismos, flexibiliza nuestras posturas, nos hace estar más cercanos a los
demás y resta importancia a nuestras obsesiones.
Cuando la duda resuelve la inconsistencia de la
creencia, creencia y duda desaparecen dando lugar a un espacio de infinitas
posibilidades.
La mayoría de las instituciones o grupos que han
reprimido y siguen reprimiendo la duda como son las religiones, los estados
políticos, o los científicos son los que más daño han hecho y están haciendo a
la humanidad, porque nos han hecho ser crédulos de dogmas, leyes o
conocimientos como si fueran verdades cuando en el fondo no eran más que ideas,
que cuando viven en un tiempo limitado tienen su utilidad pero cuando
permanecen en el tiempo son verdaderas causas de injusticias y sufrimiento.
Cultivar la duda es poder estar a salvo de la
locura, es poder salir de toda esa corriente egocéntrica en la que hemos nacido.
¿De dónde vienen o cómo se forman las creencias?
Nuestras creencias no las elegimos nosotros. Las
creencias se meten en nuestros cerebros antes de que nosotros podamos hacer
algo al respecto.
Cuando estamos en el vientre de nuestra madre
prácticamente estamos inmersos en un continuo desarrollo estructural y es ahí
donde empezamos a percibir el mundo tal y como lo percibe nuestra madre. Y
cuando nacemos vamos a concebir el mundo tal y como lo conciben las personas
que nos rodean porque nuestra capacidad de absorción para adaptarnos al mundo
en el que nacemos es enorme y de esa forma adquirimos la visión del mundo que
ellos tienen, la visión de sí mismos que ellos tienen, y todo el entramado de
creencias básicas que ellos tienen y que nos va a permitir relacionarnos con la
realidad.
La estructura, o el recipiente, de nuestra
conciencia está construida de creencias y su contenido no puede albergar otra
cosa que no sean creencias, símbolos, imágenes o proyecciones de la realidad.

Sin embargo si nuestra conciencia se hubiese construido
en la creencia de que somos cuerpos individuales pero mentes colectivas, entonces
el contenido de nuestra conciencia no estaría en conflicto y las ideas que emanaran
de ella serían de unidad, cooperación y afecto.
Otra gran creencia que subyace en nuestra educación
es la creencia de que es bueno creer, tener fe, ilusionarse, tener esperanza,
es decir existe esa creencia básica sobre la que se sostienen otras muchas
creencias: es necesario creer.
Esta creencia de que es necesario creer te
permite creer en lo que quieras, puedes creer en dios, puedes creer en el amor,
puedes creer en la felicidad, puedes creer en la libertad y también puedes
creer en la verdad. En realidad no importa en lo que creas pues todo ello
pertenece al mundo de lo imaginario. Sin embargo hay una acción volitiva de la
creencia que más bien pertenece al mundo de las ideas y que no permite creer en
nada o creer en el dolor, ni tampoco permite creer en la mentira. Es como si en
el acto de creer hay implícito el deseo, lo que significa que uno está separado
de lo que cree y por consiguiente uno no es lo que cree y niega la posibilidad
de serlo.
Creemos en la felicidad porque no somos felices
y basamos nuestra vida en la búsqueda de la felicidad, lo cual es paradójico y
absurdo porque en el hecho de buscarla ya la estamos negando. De la misma forma
creemos en el amor y al hacerlo lo negamos. Por esa razón, porque negamos
experimentar lo que creemos, es por lo que creamos
sustitutos basados en sensaciones y que catalogamos de placenteros.
Creemos que somos una entidad única y separada
del resto, y la justificación de esa creencia es que tenemos un cuerpo y unas
sensaciones propias. La duda que suscita y la cuestión que surge es, si dicha
entidad no es única para todos los cuerpos.
Creer en nuestra propia identidad es negar
nuestra identidad y por esa razón creamos una imagen de nosotros que tenemos
que sostener con mucho esfuerzo y empeño tratando de convencer a los demás de
ello, pero dicha actividad psicológicamente es neurótica pues ni nosotros somos
esa imagen ni los demás van a estar siempre de acuerdo con ella, con lo cual
vamos a tener una batalla continua y repetitiva en la que vamos a salir dolidos.
Necesitamos dudar y cuestionar nuestra imagen, nuestra identidad, porque es una
de las creencias básicas que sostienen gran parte de las demás creencias.
Una de las funciones de nuestro cerebro es
anteponerse a cualquier situación y prever lo que va suceder. Cuantas veces nos
vemos pensando cómo vamos a responder ante una situación que tenemos
planificada hacer dentro de unos días (una reunión de trabajo, una visita al
médico, un encuentro con alguien). El cerebro trata de ser eficiente, trata de
programar nuestras reacciones con antelación y lo hace teniendo en cuenta
nuestras creencias. Desde un punto de vista instrumental, en lo referente a
procesos manuales, mecánicos o materiales, esa forma operativa de funcionar con
sus creencias asociadas es altamente eficaz, pero desde un punto de vista
psicológico, cuando estamos ante un problema emocional o conflictos de
relación, esa forma de funcionar con sus creencias subjetivas es totalmente
ineficaz.
Cuando los hechos que ocurren en nuestra vida
cotidiana niegan o ponen en entredicho nuestras creencias, lo que sucede es que
no vemos los hechos o los interpretamos para adaptarlos a nuestras creencias.
Pero si los hechos niegan abiertamente alguna de nuestras creencias entonces
negamos el hecho, nos enfrentamos a él repudiándolo y haciendo todo lo posible
por cambiarlo. Una manera muy eficaz de vivir con hechos que contradicen
nuestras creencias es convertirlos en ideas y de esa forma los podemos manejar
a nuestro antojo con el pensamiento.
Hay ideas que actúan a modo de creencias y
aunque en principio parece que entran un poco en contradicción con ellas, en
realidad lo que hacen es reforzarlas. Por ejemplo hay una idea muy generalizada
de que podemos llegar a ser, que podemos cambiar, que si ponemos empeño,
esfuerzo y voluntad podemos conseguir ser como deseamos.

Es curiosa, la gran aceptación que tiene
prácticamente por todo el mundo, la idea de que tenemos que vivir en el presente.
El hecho en sí es que no podemos vivir en otro tiempo que no sea el presente,
pero preferimos convertir el hecho en una idea y de esa forma podemos evadirnos
del hecho. Al convertirlo en una idea podemos escribir libros, dar
conferencias, hacer talleres, y en definitiva lo que estamos haciendo es crear
la expectativa de que podemos vivir en el presente a la vez que reforzamos
todas nuestras creencias que subyacen en nuestro inconsciente y que han sido
creadas en un pasado muy lejano. Si admitiéramos el hecho de que vivimos en el
presente y lo sostuviéramos en todo momento, seguramente nuestro inconsciente
colapsaría.
Lo mismo ocurre con ideas como la iluminación,
dios, el despertar de la conciencia, la física cuántica, el estado puro del
ser, la conexión con la matriz o el campo, y un sinfín de imaginaciones a las
que nos agarramos con tal de no ver lo que sucede dentro de nuestros ojos, en
nuestro propio cerebro y en el sentir de nuestro corazón.
Hemos alcanzado un nivel de complejidad a razón
de nuestras creencias que hoy en día se podría decir que es más difícil para un
ser humano de a pie comprenderse a sí mismo que hace mil años.
¿Cómo es posible que haya personas que estén
intentando conocerse a sí mismas a través del tarot o a través de las cartas
astrales? Con esta pregunta no quiero decir que estas personas estén más
confundidas que aquellas que tratan de comprender la humanidad haciendo
ciencia, en ese sentido pienso que de igual modo el camino elegido es
equivocado.
Cuando leemos la cartas, lo que hacemos es
interpretar, no vemos hechos, cuando estamos en el laboratorio mirando por un
microscopio estamos analizando y tampoco vemos los hechos, hemos inventado todo
tipo de conductas de escape de lo que somos y por eso no podemos ni siquiera
mirarnos para saber quiénes somos, cómo pensamos y qué sentimos, y cuáles son
las consecuencias de nuestros actos.
La duda, el cuestionamiento, es un camino hacia
el interior, es una herramienta de luz, es una chispa de humildad que nos
permite encontrar la forma de desnudarnos ante la verdad.
¿Si uno mismo es una persona normal, llena de
creencias básicas y de ideas que no conducen a ningún lugar qué puede hacer
para poner orden en su vida?
Es evidente, después de las observaciones que se
han hecho anteriormente, que hemos de distinguir o discernir con claridad como
un hecho que cuando nos impulsamos por ideas, el lugar al que nos dirigimos no
tiene existencia real y todo esfuerzo es en vano. Podemos querer encontrar el
esposo ideal, una profesión maravillosa, una familia amorosa, tener la facultad
de curar a la humanidad, pero todo ello no es más que una sugestión. A la vez
hemos de darnos cuenta que toda idea, estamos hablando en el terreno
psicológico, es consecuencia de una creencia y que dicha creencia no está en
orden con la realidad. Asimismo algo que es sumamente importante es que quien
dirige nuestro pensamiento es la propia creencia.
A partir de ahí se crea un estado o una actitud
mental en la que apenas uno puede decidir mucho en su vida porque ese uno no es
más que un conjunto de creencias impuestas que dirigen su vida hasta donde
ellas quieren.
Podemos dejar de jugar al tarot, podemos dejar de
leer cartas astrales, podemos dejar de ir a charlas de autoayuda, podemos dejar
todas esas esperanzas e ilusiones sobre la existencia de extraterrestres,
energías maravillosas y seres de luz, pero si lo dejamos en forma de represión
no estaremos poniendo nada en orden. Para dejar ideas, hábitos, lo más sano es convertirnos
en unos observadores ajenos y observar sin prejuicios qué es lo que estamos
haciendo, con quién nos estamos relacionando, de qué tratamos de convencernos a
nosotros mismos y a los demás, qué consecuencias tiene toda esa ocupación, qué
queremos conseguir.
Cuando en ese proceso de observación nos damos
cuenta de hechos que antes no veíamos solemos tener tendencia a escapar, a
dejar radicalmente aquello que observamos y lo que sucede es que con el paso
del tiempo estamos de nuevo metidos en otro mundo de ideas alternativas. Lo
importante es convertirnos en observadores de nosotros mismos y comprender que
es la observación, y no la decisión, la que va a poner orden en nuestra vida.
La observación es una actitud que no distingue
entre el observador y lo observado. Tiene la misma importancia observar a
alguien que no conoces que observarte a ti mismo, porque lo que importa es la
observación y lo que en ella sucede, permitiendo que ello te afecte. El gran
error que se comete en la observación es cuando la ponemos al servicio de un
observador, de un yo personal, entonces eso ya no es observación, eso es el
movimiento de las creencias tratando de gestionar nuestras vidas a través de
nuestros sentidos.

Podemos tomarnos esta observación, en forma de
reflexión, como una idea a conseguir y al final estaremos cayendo en el hoyo
que tratamos de esquivar.
Únicamente siendo serios podremos ahondar y
profundizar en lo que somos, permitiendo que la vida a través de la observación
nos cambie a cada instante.