
Aunque la sociedad
trata por todos los medios de comunicar a la opinión pública que los casos de
corrupción son casos aislados, los hechos demuestran que la corrupción es una
generalidad en todas las naciones y en todas las ideologías y regímenes, en donde
se incluyen la clase política, los funcionarios, los sindicatos de trabajadores
e incluso las organizaciones sociales y religiosas.
Si somos honestos
hemos de admitir que la cultura ha transmitido a través de la educación ese
valor mezquino de llegar a tener lo más posible, quizás con ese valor de
´contra más consigas más feliz serás´ o de ´llegar a ser lo que no somos´, e
inevitablemente su principal consecuencia es la imposición de una mentalidad
egoísta de forma generalizada en todas y cada una de las personas.
En realidad somos
más bien ciudadanos hipócritas porque mientras que estamos orgullosos de
nuestra moral, a través de los valores religiosos, o de nuestra ética, a través
de los valores humanos, sin lugar a dudas nuestra mente está educada de forma
egoísta, lo que nos convierte en personas astutas siempre buscando su beneficio
personal en las relaciones de trabajo, en la familia, en las relaciones de
vecinos o en las asociaciones a las que pertenecemos.
La honestidad es
una actitud o una disposición a darnos cuenta de cómo somos, mirarnos frente a
frente en el espejo de los demás y despertar nuestra vulnerabilidad para poder
cambiar esa manera nuestra de pensar, de sentir y de actuar que es
contradictoria. Una persona honesta es una persona vulnerable y sincera, que
está en continuo crecimiento personal.
La honestidad es
imprescindible y una pieza clave en las relaciones humanas y es una fuente de
cariño, de confianza, de amor y de sinceridad. Donde no hay honestidad hay
autoengaño, falsedad, fingimiento e hipocresía.
Quizás lo que mejor
describe a una persona honesta es que vive según piensa y la lógica nos dice
que si no vives como piensas acabas pensando como vives y eso no es de personas
honestas.

¿Si la honestidad
es el principio de toda relación, cómo podemos ser honestos si vamos por la
vida siendo temerosos, frágiles, hipersensibles y en un estado continuo de
reacción y ansiedad?
La honestidad no es
amiga de las ideas, ¿de qué sirve tener una identidad si con ello nos separamos
del resto de la humanidad?
La honestidad
tampoco es amiga de los fines, ¿de qué sirve crear un mundo mejor si para ello
tenemos que matar a medio mundo? La honestidad es amiga y compañera de los
hechos y del máximo cuidado de los medios que utilizamos para conseguir
nuestros propósitos.
Si queremos vivir
honestamente hemos de vivir de acuerdo a nuestra propia percepción de la vida y
no ser acólitos de ideas políticas, religiosas, espirituales o filosóficas de
otras personas, porque no podemos ser honestos entregando nuestra
responsabilidad a otros.
La honestidad es un
alto grado de auto responsabilidad, para ello hemos de admitir como somos y
hemos de vivir de acuerdo con ello. La honestidad es el principio de la
inteligencia cuando vivimos según pensamos y pensamos según actuamos. ¿De qué
nos sirve hablar y desear la paz si estamos en continuo enfrentamiento con los
demás porque piensan de forma diferente a la nuestra?
Cuando somos
honestos mostramos nuestros sentimientos con sinceridad y no escondemos o
disimulamos nuestras emociones, pero sin caer en el victimismo o en llamadas de
atención para que los demás se ocupen de nosotros.
La honestidad no es
una forma de sentimentalismo, ni una forma de pregonar nuestra intimidad y
tampoco una actitud de hablar de todo con todo el mundo.
La honestidad asume
la verdad, esa realidad que no depende del consenso de las personas sino de la
observación de los hechos.

¿Qué podemos hacer
para cultivar la honestidad? Quizás lo primero es entender que la honestidad es
como un bisturí que nos abre por dentro en canal y pone al descubierto todas nuestras
miserias, y lo segundo que hay que comprender es que la honestidad es la
condición fundamental para las relaciones humanas, para la amistad y para la
vida comunitaria.
¿Por qué no somos
honestos? Seguramente desde niños comenzamos a ser deshonestos cuando tratamos
de ocultar algo que hemos hecho y que no queremos que se descubra, por la
vergüenza y el agravio que nos causaría. Poco a poco nos vamos convirtiendo en
especialistas de ocultar en nuestra mente lo que realmente nos ha ocurrido, lo
que hace que el inconsciente y el consciente se separen de tal forma que
finalmente acabamos con pulsiones incapaces de controlar, con tics nerviosos,
con manías, con adicciones, con hipersensibilidad y un sinfín de patologías neuróticas.
Quizás lo que más determina
nuestra perdida de honestidad sean nuestros intereses personales, porque cuando tenemos
intereses todo lo que hacemos es un medio para conseguir un fin y ese es el
principio del engaño.
Tenemos interés de
ser lo que no somos. Tenemos interés de tener la mayor cantidad de dinero
posible. Tenemos interés de que nos quieran, nos valoren y nos aprecien lo más
posible. Estos intereses no nos permiten vivir con honestidad y convertimos
nuestra vida en una profunda insensatez.
Para cultivar la
honestidad hemos de darnos cuenta de cuáles son nuestros intereses en la
relación y tener la valentía de expresarlos abiertamente. No tenemos por qué
avergonzarnos de nuestros intereses si realmente son legítimos.
Si un momento de mi
vida me doy cuenta de que mantengo una relación de pareja por miedo a no estar
solo, en lugar de ocultar esa actitud inventándome un montón de frases sin
sentido como ´te amo vida mía´ o ´te quiero más que a nada en este mundo´, lo
que puedo hacer es reconocer mi miedo a estar solo y poderlo comunicar con
naturalidad. Cuando reconocemos lo que somos con naturalidad surge una gran
liberación, porque en el fondo somos esclavos de nuestros engaños.

Es obvio que las
personas trabajamos por dinero, me estoy refiriendo a un trabajo asalariado, y
si no nos pagasen, aunque solo sea en especies, no tragaríamos. Sin embargo
cuando comenzamos a identificarnos con el trabajo y comenzamos a decir todo
tipo de idioteces como que trabajamos por gusto o por realizarnos, perdemos la
honestidad. Si trabajamos por dinero, trabajamos por dinero, y no hay nada malo
en ser honestos. El ser honestos nos permite dejar de trabajar cuando ya no
necesitamos dinero, pero si no somos honestos seguiremos trabajando hasta
enfermar o morir.
Todos sabemos que
la política es un engaño. Han sido los políticos, cuya responsabilidad es velar
por los intereses públicos, los que nos han llevado a la actual crisis
económica. Hay que ser honestos y si somos honestos no podemos tener relación
alguna con la política porque es como jugar con fuego, al final uno acaba
oliendo a humo. La honestidad no solo es ser sincero sino actuar con sinceridad
lo que significa que uno no puede colaborar con aquello que claramente es
dañino, y da igual las consecuencias que ello pueda traer. Cuando comenzamos a
justificarnos de alguna manera nos convertimos en seres deshonestos.
Muchos de nosotros
hemos tenido hijos porque o no sabíamos lo que hacíamos o por puro egoísmo.
Tener hijos, en la historia de la humanidad, nunca fue una cuestión de amor, ni
de altruismo existencial, fue por necesidad de mano de obra barata y en este
último siglo por pura vanidad de querer perpetuarnos en la vida a través de
ellos. Por eso las relaciones entre padres e hijos son de autoridad, de
educación, de protección y de intereses económicos. Si somos honestos puede que
nuestras relaciones familiares tengan un camino diferente donde las personas
puedan encontrarse y amarse mas allá de los roles y de las apariencias.
Cuántos de nosotros
dice amar a su pareja y sin embargo sentimos celos, tenemos rencores, estamos
apegados, somos dependientes o posesivos, tenemos miedo, somos empalagosos o
más bien fríos y distantes, e incluso si las cosas se ponen feas podemos
mostrar odio y violencia. Hay que tener una mente muy poco madura y deshonesta
para que sigamos diciendo que amamos.
La honestidad es un
gran camino a la verdad. Hemos llegado a tal desconcierto en la sociedad actual
que ya no existe la realidad, existe la idea de realidad, y un árbol ya no es
un árbol, es sencillamente una palabra y confundimos la palabra árbol con el
árbol real. Por eso nos es tan fácil mutilar o cortar el árbol cuando hay algo
en él que nos molesta, porque al fin y al cabo no es más que una palabra. Y lo
mismo ocurre con las personas, que ya no son personas, son números en el paro,
que se manejan con absoluta insensibilidad y desparpajo porque al fin y al cabo
no son más que números, y finalmente lo que importa no son esas personas que
sufren sino los números.

La honestidad no
nos la van a regalar nadie y tampoco la podemos comprar, es una expresión de la
belleza que conduce a la sabiduría. Cuando nos admitimos y reconocemos tal y cual
somos, nuestra vida se simplifica enormemente y liberamos una enorme cantidad de
energía, porque ya no hay que convencer de nada, no hay nada que aparentar, ni demostrar,
ni ocultar, ni mentir, ni manipular, entonces la vida se convierte en algo maravilloso.