miércoles, 22 de enero de 2014

La creencia y la duda: una misma realidad


Las creencias constituyen la base psicológica de la vida de los seres humanos y son el terreno sobre el que construimos nuestra realidad.

La vida humana se desarrolla psicológicamente sobre las creencias básicas de lo que es el mundo y de lo que es uno mismo. Estas creencias básicas no son producto de nuestro pensamiento o de nuestro razonamiento sino que nuestro pensamiento y nuestra forma de razonar son una consecuencia de dichas creencias básicas.

Podemos tener una infinidad de ideas, podemos imaginar marcianos, diseñar ciudades estelares, crear mentalmente situaciones hermosas, podemos pensar en robar un gran banco, es decir nuestras ideas aparecen en nuestra mente como resultado de nuestra ocupación intelectual pero las creencias operan en nuestra mente antes de ponernos a pensar.

Las ideas son una expresión de nuestras creencias y serán más o menos válidas en la medida que refuerzan y no contradicen dichas creencias.

Las creencias operan funcionalmente en el terreno de lo inconsciente, mientras que las ideas son expresión del intelecto y pertenecen más bien al  campo de lo consciente, como acciones dirigidas hacia el cumplimiento de determinados deseos, motivos o intereses.

De la misma forma que tenemos las creencias también tenemos la duda, es decir la duda está en nuestra vida como consecuencia de la creencia, de la certeza de la creencia, y por tanto pertenece al campo de la creencia.

Creencia y duda van de la mano. Quizás no seamos conscientes ni de uno ni de otro pero ambos están en continua lucha psicológica dentro de nuestra mente tratando de contactar con la realidad. La certeza y la duda son una dualidad y cuando dicha dualidad desaparece surge la verdad.

Existe la creencia de que la duda es signo de debilidad, una muestra de desequilibrio, pero lo cierto es que las personas que han sobresalido mentalmente en la historia de la humanidad fueron aquellas que dudaron de los conocimientos o creencias de su época. Al principio esas personas parecieron insólitas, conflictivas, extrañas, y encontraron el rechazo de las mayorías, pero con el paso del tiempo fueron apreciados porque gracias a ellos la humanidad pudo obtener nuevos descubrimientos.

Por tanto la duda es una hermosa aliada de la creencia y cuando la reprimimos, con alguna creencia irracional, lo que conseguimos es desestabilizarnos psicológicamente y negar la posibilidad de madurar y crecer mentalmente.

Otra gran creencia es sobre la razón y la inteligencia. Creemos que la razón es el motor de la mente para encontrar la realidad y que ello nos convierte en seres inteligentes. Lo cierto es que a lo largo de la historia de la humanidad el ser humano se ha distinguido principalmente por su irracionalidad, por su barbarie, por su crueldad, y hoy en día ese mismo ser humano sigue produciendo guerras, creando divisiones, explotándose a sí mismo y educando a sus hijos para dar continuidad a todas esas creencias irracionales.

La razón solo sirve para dar sostén a nuestras creencias y justificar nuestros actos y a pesar de que sus consecuencias sean de hecho un desastre seguimos dando fe de nuestra razón en lugar de cultivar la duda.

Lo curioso es que cuando queremos echar mano de la duda lo que solemos hacer es pensar, nos ponemos a pensar como intentando resolver nuestras dudas a través del pensamiento, sin darnos cuenta que el pensamiento no es más que una herramienta al servicio de la creencia de la cual ha surgido la duda.

No podemos resolver nuestras dudas psicológicas o existenciales a través del pensamiento sino a través de la mera observación de los hechos, de darnos cuenta de las consecuencias de nuestros actos y del cuestionamiento de nuestras creencias.

De la misma forma que vivimos con la creencia operando en el trasfondo de nuestro inconsciente, así hemos de vivir con la duda. Vivir dudando es muy saludable, nos da la posibilidad de corregir y adecuar aún mejor nuestras creencias a la realidad objetiva, nos mantiene alerta y potencia nuestra capacidad de observación y atención.

La duda nos hace ser seres más desprendidos de nosotros mismos, flexibiliza nuestras posturas, nos hace estar más cercanos a los demás y resta importancia a nuestras obsesiones.

Cuando la duda resuelve la inconsistencia de la creencia, creencia y duda desaparecen dando lugar a un espacio de infinitas posibilidades.

La mayoría de las instituciones o grupos que han reprimido y siguen reprimiendo la duda como son las religiones, los estados políticos, o los científicos son los que más daño han hecho y están haciendo a la humanidad, porque nos han hecho ser crédulos de dogmas, leyes o conocimientos como si fueran verdades cuando en el fondo no eran más que ideas, que cuando viven en un tiempo limitado tienen su utilidad pero cuando permanecen en el tiempo son verdaderas causas de injusticias y sufrimiento.

Cultivar la duda es poder estar a salvo de la locura, es poder salir de toda esa corriente egocéntrica en la que hemos nacido.

¿De dónde vienen o cómo se forman las creencias?

Nuestras creencias no las elegimos nosotros. Las creencias se meten en nuestros cerebros antes de que nosotros podamos hacer algo al respecto.

Cuando estamos en el vientre de nuestra madre prácticamente estamos inmersos en un continuo desarrollo estructural y es ahí donde empezamos a percibir el mundo tal y como lo percibe nuestra madre. Y cuando nacemos vamos a concebir el mundo tal y como lo conciben las personas que nos rodean porque nuestra capacidad de absorción para adaptarnos al mundo en el que nacemos es enorme y de esa forma adquirimos la visión del mundo que ellos tienen, la visión de sí mismos que ellos tienen, y todo el entramado de creencias básicas que ellos tienen y que nos va a permitir relacionarnos con la realidad.

La estructura, o el recipiente, de nuestra conciencia está construida de creencias y su contenido no puede albergar otra cosa que no sean creencias, símbolos, imágenes o proyecciones de la realidad.

Siendo bebes o niños adecuamos nuestra propia experiencia de la realidad con la creencias que tratan de imponernos y como resultado de ello se forma nuestro inconsciente que no es más que una realidad operativa y funcional. El problema está en que alguna parte de esa realidad operativa en lugar de hacernos la vida más fácil lo que puede estar haciendo es complicárnosla convirtiéndonos en seres psicológicamente discapacitados y con muy pocas posibilidades de rehabilitación porque nos hacen creer que somos seres individuales, separados de toda realidad y por lo tanto en conflicto con ella. Partiendo de esa creencia todo lo que el ser humano haga, desde un punto de vista psicológico, inevitablemente producirá conflicto.

Sin embargo si nuestra conciencia se hubiese construido en la creencia de que somos cuerpos individuales pero mentes colectivas, entonces el contenido de nuestra conciencia no estaría en conflicto y las ideas que emanaran de ella serían de unidad, cooperación y afecto.

Otra gran creencia que subyace en nuestra educación es la creencia de que es bueno creer, tener fe, ilusionarse, tener esperanza, es decir existe esa creencia básica sobre la que se sostienen otras muchas creencias: es necesario creer.

Esta creencia de que es necesario creer te permite creer en lo que quieras, puedes creer en dios, puedes creer en el amor, puedes creer en la felicidad, puedes creer en la libertad y también puedes creer en la verdad. En realidad no importa en lo que creas pues todo ello pertenece al mundo de lo imaginario. Sin embargo hay una acción volitiva de la creencia que más bien pertenece al mundo de las ideas y que no permite creer en nada o creer en el dolor, ni tampoco permite creer en la mentira. Es como si en el acto de creer hay implícito el deseo, lo que significa que uno está separado de lo que cree y por consiguiente uno no es lo que cree y niega la posibilidad de serlo.

Creemos en la felicidad porque no somos felices y basamos nuestra vida en la búsqueda de la felicidad, lo cual es paradójico y absurdo porque en el hecho de buscarla ya la estamos negando. De la misma forma creemos en el amor y al hacerlo lo negamos. Por esa razón, porque negamos experimentar lo que creemos, es por lo que creamos sustitutos basados en sensaciones y que catalogamos de placenteros.

Creemos que somos una entidad única y separada del resto, y la justificación de esa creencia es que tenemos un cuerpo y unas sensaciones propias. La duda que suscita y la cuestión que surge es, si dicha entidad no es única para todos los cuerpos.

Creer en nuestra propia identidad es negar nuestra identidad y por esa razón creamos una imagen de nosotros que tenemos que sostener con mucho esfuerzo y empeño tratando de convencer a los demás de ello, pero dicha actividad psicológicamente es neurótica pues ni nosotros somos esa imagen ni los demás van a estar siempre de acuerdo con ella, con lo cual vamos a tener una batalla continua y repetitiva en la que vamos a salir dolidos. Necesitamos dudar y cuestionar nuestra imagen, nuestra identidad, porque es una de las creencias básicas que sostienen gran parte de las demás creencias.

Una de las funciones de nuestro cerebro es anteponerse a cualquier situación y prever lo que va suceder. Cuantas veces nos vemos pensando cómo vamos a responder ante una situación que tenemos planificada hacer dentro de unos días (una reunión de trabajo, una visita al médico, un encuentro con alguien). El cerebro trata de ser eficiente, trata de programar nuestras reacciones con antelación y lo hace teniendo en cuenta nuestras creencias. Desde un punto de vista instrumental, en lo referente a procesos manuales, mecánicos o materiales, esa forma operativa de funcionar con sus creencias asociadas es altamente eficaz, pero desde un punto de vista psicológico, cuando estamos ante un problema emocional o conflictos de relación, esa forma de funcionar con sus creencias subjetivas es totalmente ineficaz.

Cuando los hechos que ocurren en nuestra vida cotidiana niegan o ponen en entredicho nuestras creencias, lo que sucede es que no vemos los hechos o los interpretamos para adaptarlos a nuestras creencias. Pero si los hechos niegan abiertamente alguna de nuestras creencias entonces negamos el hecho, nos enfrentamos a él repudiándolo y haciendo todo lo posible por cambiarlo. Una manera muy eficaz de vivir con hechos que contradicen nuestras creencias es convertirlos en ideas y de esa forma los podemos manejar a nuestro antojo con el pensamiento.

Hay ideas que actúan a modo de creencias y aunque en principio parece que entran un poco en contradicción con ellas, en realidad lo que hacen es reforzarlas. Por ejemplo hay una idea muy generalizada de que podemos llegar a ser, que podemos cambiar, que si ponemos empeño, esfuerzo y voluntad podemos conseguir ser como deseamos.

La idea de llegar a ser, o de cambiar, se refuerza en la medida que no estamos a gusto con nosotros mismos, con las circunstancias que vivimos, y eso nos hace embarcarnos en todo tipo de aventuras que nos mantienen ocupados adquiriendo ciertos conocimientos (científicos o espirituales) que nos dan la sensación de que vamos cambiando, cuando en realidad lo único que estamos haciendo es movernos en un mundo de ideas que nos sirven de escape de nuestra mísera percepción de nosotros mismos.

Es curiosa, la gran aceptación que tiene prácticamente por todo el mundo, la idea de que tenemos que vivir en el presente. El hecho en sí es que no podemos vivir en otro tiempo que no sea el presente, pero preferimos convertir el hecho en una idea y de esa forma podemos evadirnos del hecho. Al convertirlo en una idea podemos escribir libros, dar conferencias, hacer talleres, y en definitiva lo que estamos haciendo es crear la expectativa de que podemos vivir en el presente a la vez que reforzamos todas nuestras creencias que subyacen en nuestro inconsciente y que han sido creadas en un pasado muy lejano. Si admitiéramos el hecho de que vivimos en el presente y lo sostuviéramos en todo momento, seguramente nuestro inconsciente colapsaría.

Lo mismo ocurre con ideas como la iluminación, dios, el despertar de la conciencia, la física cuántica, el estado puro del ser, la conexión con la matriz o el campo, y un sinfín de imaginaciones a las que nos agarramos con tal de no ver lo que sucede dentro de nuestros ojos, en nuestro propio cerebro y en el sentir de nuestro corazón.

Hemos alcanzado un nivel de complejidad a razón de nuestras creencias que hoy en día se podría decir que es más difícil para un ser humano de a pie comprenderse a sí mismo que hace mil años.

¿Cómo es posible que haya personas que estén intentando conocerse a sí mismas a través del tarot o a través de las cartas astrales? Con esta pregunta no quiero decir que estas personas estén más confundidas que aquellas que tratan de comprender la humanidad haciendo ciencia, en ese sentido pienso que de igual modo el camino elegido es equivocado.

Cuando leemos la cartas, lo que hacemos es interpretar, no vemos hechos, cuando estamos en el laboratorio mirando por un microscopio estamos analizando y tampoco vemos los hechos, hemos inventado todo tipo de conductas de escape de lo que somos y por eso no podemos ni siquiera mirarnos para saber quiénes somos, cómo pensamos y qué sentimos, y cuáles son las consecuencias de nuestros actos.

La duda, el cuestionamiento, es un camino hacia el interior, es una herramienta de luz, es una chispa de humildad que nos permite encontrar la forma de desnudarnos ante la verdad.

¿Si uno mismo es una persona normal, llena de creencias básicas y de ideas que no conducen a ningún lugar qué puede hacer para poner orden en su vida?

Es evidente, después de las observaciones que se han hecho anteriormente, que hemos de distinguir o discernir con claridad como un hecho que cuando nos impulsamos por ideas, el lugar al que nos dirigimos no tiene existencia real y todo esfuerzo es en vano. Podemos querer encontrar el esposo ideal, una profesión maravillosa, una familia amorosa, tener la facultad de curar a la humanidad, pero todo ello no es más que una sugestión. A la vez hemos de darnos cuenta que toda idea, estamos hablando en el terreno psicológico, es consecuencia de una creencia y que dicha creencia no está en orden con la realidad. Asimismo algo que es sumamente importante es que quien dirige nuestro pensamiento es la propia creencia.

A partir de ahí se crea un estado o una actitud mental en la que apenas uno puede decidir mucho en su vida porque ese uno no es más que un conjunto de creencias impuestas que dirigen su vida hasta donde ellas quieren.

Podemos dejar de jugar al tarot, podemos dejar de leer cartas astrales, podemos dejar de ir a charlas de autoayuda, podemos dejar todas esas esperanzas e ilusiones sobre la existencia de extraterrestres, energías maravillosas y seres de luz, pero si lo dejamos en forma de represión no estaremos poniendo nada en orden. Para dejar ideas, hábitos, lo más sano es convertirnos en unos observadores ajenos y observar sin prejuicios qué es lo que estamos haciendo, con quién nos estamos relacionando, de qué tratamos de convencernos a nosotros mismos y a los demás, qué consecuencias tiene toda esa ocupación, qué queremos conseguir.

Cuando en ese proceso de observación nos damos cuenta de hechos que antes no veíamos solemos tener tendencia a escapar, a dejar radicalmente aquello que observamos y lo que sucede es que con el paso del tiempo estamos de nuevo metidos en otro mundo de ideas alternativas. Lo importante es convertirnos en observadores de nosotros mismos y comprender que es la observación, y no la decisión, la que va a poner orden en nuestra vida.

La observación es una actitud que no distingue entre el observador y lo observado. Tiene la misma importancia observar a alguien que no conoces que observarte a ti mismo, porque lo que importa es la observación y lo que en ella sucede, permitiendo que ello te afecte. El gran error que se comete en la observación es cuando la ponemos al servicio de un observador, de un yo personal, entonces eso ya no es observación, eso es el movimiento de las creencias tratando de gestionar nuestras vidas a través de nuestros sentidos.

Ante un mundo cuyo orden está lleno de creencias y dudas la única alternativa que hará posible un cambio de paradigma es poner luz donde no la hay y eso solo es posible descubriendo lo que es… la observación se da cuando el observador no está separado, o no es distinto, de lo observado.

Podemos tomarnos esta observación, en forma de reflexión, como una idea a conseguir y al final estaremos cayendo en el hoyo que tratamos de esquivar.

Únicamente siendo serios podremos ahondar y profundizar en lo que somos, permitiendo que la vida a través de la observación nos cambie a cada instante.