Es evidente que el mundo en el que vivimos tiene
que cambiar, tomar otro rumbo, porque los problemas que actualmente existen de
superpoblación, de pobreza y de violencia, hacen de la vida de los seres
humanos un desatino y una estupidez.
¿De qué sirve que algunas personas tengamos de
sobra para sobrevivir y otras personas padezcan penalidades y sufrimiento e
incluso se mueran de hambre y sed? ¿De qué sirve que unas cuantas personas vivamos
tranquilos en nuestra casa, en nuestro pueblo o en nuestro país, si otras
personas no tienen casa o en otros países las personas están en guerra civil
matándose hermanos contra hermanos?
Todos somos responsables de lo que está sucediendo
en el mundo, porque el mundo no es más que el reflejo de nuestros problemas
personales llevados a una escala mayor. El mundo nos ha hecho a nosotros y
nosotros estamos haciendo y sosteniendo el mundo con nuestra manera de pensar y
de relacionarnos.
Un ama de casa, una persona en el paro, un
albañil, un estudiante, un diputado, un militante de un partido, un presidente,
cualquier persona incluyéndome a mí mismo, es responsable en la misma medida
porque cada persona está contribuyendo a este mundo de la misma manera con su
forma de pensar y de sentir. No importa si los demás son o no son sensibles, lo
que importa es que uno mismo se haga sensible y responsable por lo que está
sucediendo dándose cuenta que su forma de vivir egoísta y en conflicto (con la
familia, con los amigos, con los vecinos, con cualquier cosa y con todo) es la
forma de vida que refleja el mundo y es desde esa comprensión que uno ha de
caminar hacia un mundo sin conflicto alguno.
Crear nuevas organizaciones mundiales, inventar
nuevas leyes, nuevas fronteras o valores, no va a servir de nada salvo que
vamos a repetir una y otra vez soluciones que ya fracasaron en el pasado.
Hay quienes piensan aún que la derecha o la
izquierda va a cambiar el mundo, que los políticos van a cambiar el mundo, que
la religión va a cambiar el mundo, que la filosofía o la espiritualidad va a
cambiar el mundo. ¿Hasta cuándo uno va a continuar siendo insensible a tanta
barbaridad e ignorancia?
Las religiones han hecho atrocidades durante
cientos de años, las ideologías han causado una infinidad de guerras cuyo coste
humano y sufrimiento son incalculables, los políticos han perpetuado la pobreza
a costa de sus intereses personales, la ciencia ha estado al servicio del poder
y es la responsable de nuestra capacidad de destrucción y a las empresas no les
importa que el ciudadano enferme si con ello obtienen un beneficio económico.
La humanidad se ha desarrollado en un movimiento
de abusar y sacar provecho del prójimo, de estar unos políticos contra otros
planteando soluciones mientras se llenan los bolsillos a la vez que crean un
ambiente de relaciones complejas y difíciles de convivir.
Cualquier persona de izquierdas o de derechas,
creyente o ateo, debería darse cuenta que la principal causa del horror humano
es la posición ideológica que sustenta. Es demasiado miserable e infantil
seguir desperdiciando nuestra vida con ideas de segunda mano, que ni siquiera
son propias sino productos de las circunstancias, en lugar de comenzar a
colaborar y contribuir con un mundo que vaya hacia la unidad de la especie,
hacia la comprensión de los que opinan o piensan de diferente manera, de tal
forma que el ser humano se convierta a sí mismo en un ser responsable por la
humanidad entera y no por el corralito de su casa.
Sin el conocimiento de uno mismo nada de lo que
hacemos tiene sentido porque no sabemos si lo que estamos haciendo es debido a
influencias sociales, culturales o personales con las que nos hemos
identificado, lo cual nos convierte en esclavos voluntarios de ideas ajenas a
nosotros mismos.
Necesitamos despertar, no somos más que
marionetas de ideas al servicio de un sistema artificial y monstruoso que hemos
creado las personas en un estado de confusión e inseguridad.
El conocimiento de uno mismo es la liberación de
toda influencia, es descubrir y percibir la naturaleza de nuestro
condicionamiento.
Comprenderse uno mismo no tiene objetivo alguno,
no es un medio para conseguir un fin, es un fin en sí mismo y por lo tanto hemos
de aprender a vivir comprendiéndonos todos los días, de tal forma que sea el
pan que alimenta nuestro espíritu, nuestros impulsos y nuestras relaciones.
En lugar de vivir repitiendo y reforzando
siempre las mismas ideas hemos de encontrar una manera esencialmente diferente
de vivir, cuestionando y observando lo que pensamos, lo que sentimos y lo que
hacemos con el objeto de saber con verdadera curiosidad de dónde surgen y cómo
es que pensamos de esa forma. Vivir comprendiendo a los demás en lugar de
juzgarlos o medirlos según nuestras propias leyes o varas de medir.
Sin embargo el conocimiento de uno mismo tiene
sus trampas, que son las trampas de la mente condicionada, y una de ellas es
caer, mientras observamos, en el análisis, en la racionalización y en la
interpretación de los hechos, lo cual no es más que un escape de los hechos
hacia la construcción de nuevas ideas.
El análisis o la racionalización refuerzan
nuestro condicionamiento, nuestra idea de nosotros mismos, nos hace sacar
interpretaciones e inferir conclusiones, y después desde esas conclusiones creemos
que podremos liberarnos de los hechos.
Cuando hacemos este tipo de ejercicio
intelectual de analizar lo que observamos, podríamos preguntarnos ¿Quién es el
que analiza? Porque el que analiza no puede ser diferente de lo que analiza y
al final todo se convierte en una forma sutil de justificarnos a nosotros
mismos y de no hacer frente a nuestra retorcida mente condicionada. Por lo
tanto es una forma más de autoengaño y una pérdida de energía y tiempo.
Otra de las trampas del conocimiento de uno
mismo es el esforzarse, el disciplinarse, el controlarse, el reprimirse, es
decir ejercer una fuerza psicológica sobre uno mismo como si tuviéramos que
domar a un tigre salvaje que vive en nosotros.
Esta disciplina no deja de ser una idea que la
anteponemos al hecho de poder comprender como somos, en realidad esta idea se
sustenta en la posibilidad de conseguir cambiar a través del esfuerzo, pero sus
consecuencias se ven rápidamente porque todo lo que se vence acaba reforzándose
y la próxima vez que surge se muestra aún con mayor intensidad y entonces hay
que esforzarse aún más para vencerlo y al final acabamos sometidos a una lucha
sin fin. Además también suele ocurrir que aquello que hemos creído vencer ha
cambiado de apariencia, se sublima, y ahora nos mantiene sometidos sin nosotros
saberlo, y en cierta manera es mejor tener un enemigo abierto que sabemos cómo
y cuando actúa, que tener un enemigo y no saber que ni lo tenemos.
Por consiguiente en el conocimiento de uno mismo
no se requiere esfuerzo alguno y el esfuerzo se ve como un conflicto entre dos
partes enfrentadas, que tratan de anularse mutuamente y cuya energía es inútil.
Por esa razón es inútil la lucha entre la izquierda y la derecha o entre ricos
y pobres, lo cual nos impone una dualidad absurda.
Otra de las trampas es creer que el conocimiento
de uno mismo es una cuestión de tiempo, de proceso personal, de conseguir determinadas
experiencias de comprensión o de iluminación.
Quizás influenciados por las terapias
psicológicas donde se requiere la intervención de especialistas que cuestan
dinero y tiempo, creemos que el conocimiento de uno mismo también se necesita
tiempo y que poco a poco llegaremos a comprender. Lo cierto es que cuanto antes
uno se dé cuenta de ese engaño del tiempo, del esfuerzo, de la experiencia y
del especialista, antes tomará las riendas de su propia vida sin necesidad de
engañarse ni de que le engañen.
El conocimiento de uno mismo requiere de una
actitud donde todo lo que puede ocurrir ha de suceder en el ahora y cualquier
idea de cultivar, esperar o posponer no son más que escapes porque en el
conocimiento de uno mismo el futuro es siempre ahora y lo que hagas ahora ese
será tu futuro.
Otra de las trampas del conocimiento de uno
mismo es crearse un mundo de relaciones superficiales, sobre todo con el mundo
actual de internet, donde nos convertimos en trasmisores de toda esa propaganda
que suena a psicología alternativa, a espiritualidad y a crecimiento personal,
de tal forma que nos construimos una imagen semejante a la propaganda que
compartimos y sin embargo nunca somos capaces ni siquiera de aportar o crear
algo propio. Hablar del conocimiento de uno mismo no es conocimiento de uno
mismo, el conocimiento de uno mismo es una revolución interior en el ser humano
y no un juego de querer vender una bonita imagen a los demás.
Otras de las trampas es creer que el
conocimiento de uno mismo es algo personal, una experiencia personal, cuando lo
cierto es que el conocimiento de uno mismo es una transformación en la psique
del ser humano, en donde lo personal no tiene apenas significación alguna.
En el conocimiento de uno mismo no se busca
experiencia alguna salvo la que está sucediendo en cada instante, es decir que
no hay mayor experiencia que el vivir experimentando, observando, percibiendo y
estando atentos a lo que sucede. ¿Cómo es que hacemos el amor? ¿Por qué vamos
cogidos de la mano? ¿Por qué hablamos? ¿Cómo es que tengo estos amigos? ¿Por
qué escribo o canto o pinto cuadros? ¿Qué necesidad tengo de exagerar o mentir o
de ocultar aspectos de mi vida?
Si buscamos una experiencia es porque nos
sentimos carentes de algo, de alguna sensación y quizás no hemos comprendido
que las sensaciones son creadas por nosotros mismos al reconocer algo que ya
estaba en nosotros, de esa forma nunca podremos ver nada nuevo porque siempre
iremos como burros tras la zanahoria.
Es fácil caer en la tentación de creer que otras
personas se han iluminado y que han pasado por experiencias místicas sintiendo
como su cuerpo se elevaba o se disolvía. Por esa razón vamos buscando dichas
experiencias que demuestren que nos estamos iluminando. Cuando buscamos
determinadas experiencias a la larga acabamos experimentándolas pero no serán
más que proyecciones de nuestra mezquina y miserable mente condicionada. ¿Cómo puede la sabiduría o la humildad saber
que sabe o reconocer que es humilde?
No sé porque pero hay personas a las que les
gusta relatar sus experiencias místicas, y lo cierto es que nadie puede negar
que las hayan tenido, pero eso que han experimentado no es más que su propia
proyección mental producto de sus deseos y de la frustración de llevar años
dedicados a algo que no acaba de llegar.
El conocimiento de uno mismo no es una
experiencia, no es la búsqueda de sensaciones, no es la apertura del tercer
ojo, ni lucecitas en el cuerpo, es despertar la honestidad y la valentía de
mirarnos en el espejo de los demás.
Otra trampa es que el conocimiento de uno mismo
no es conocimiento, no es algo que pueda estudiarse, podemos pasarnos la vida
leyendo libros sobre conocimiento de uno mismo y no haber dado ni un solo paso
en el verdadero sentido del conocimiento de uno mismo.
El conocimiento de uno mismo no es psicología,
aunque en el conocimiento de uno mismo se descubren y se perciben todos los
enredos psicológicos de la mente.
Leer sobre el conocimiento de uno mismo puede
ser algo entrañable si realmente uno lo toma como una forma de observar y de
penetrar en el condicionamiento humano fuera de cualquier pretensión de que la
lectura puede enseñarnos algo. La lectura puede señalar algo pero somos
nosotros quienes pueden ver ese algo en nuestra vida cotidiana.
Otra trampa es pensar que una persona en el
conocimiento de uno mismo no es una persona normal. En el conocimiento de uno
mismo un ser humano puede abrir su sensibilidad pero no adquiere conocimiento o
capacidad alguna que potencie su personalidad, es decir lo personal da paso a
lo colectivo y a un sentido profundo y total de responsabilidad.
Otra trampa es que para que haya conocimiento de
uno mismo tiene que haber primero libertad para ver, porque de lo contrario lo
que uno vea será producto de su propia mente.
Cualquier persona que une se encuentre por la
calle o por el campo puede estar en el conocimiento de uno mismo si es una
persona que vive enamorado de la vida, que vive escuchando, que observa la
belleza de los seres con admiración, que se cuestiona su manera de pensar y que
no vive para conseguir y conseguir y conseguir. Es una persona que tiene
problemas como cualquier otra persona pero no vive en conflicto, no alimenta el
conflicto, sabe que el sufrimiento humano es su propio sufrimiento y que la
ignorancia humana es su propia ignorancia.
El conocimiento de uno mismo es una forma
meditativa de vivir, es una actitud de observación sin observador, sin orgullo,
sin identificación, sin ansia de logro, sin futuro, estando abierto a lo desconocido
que no es más que ese encuentro con la realidad y con la verdad.