
Como no es fácil dar el primer paso vamos a
ayudarnos para ello de un listado de posibles grandes verdades que sostenemos
con gran certeza:
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Creer que hay personas que saben más que uno mismo.
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Tener fe en Dios.
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Creer que uno es una buena persona.
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Pensar que uno puede ayudar psicológicamente, o educar, a otros.
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Creer que la felicidad esta en lograr o conseguir algo.
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Tener la certeza que uno ama a alguien.
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Creer en llegar a ser diferente con el tiempo y la práctica.
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Creer que somos canales de energía.
Ahora vamos a elegir cualquiera de ellas y
después vamos a cuestionarla, es decir vamos a dudar si realmente es cierta o
simplemente descubrimos que algún día en el pasado decidimos creer en ella como
si fuera una verdad.
Yo voy a escoger como ejemplo la primera de la
lista ´Creer que hay personas que saben más que uno mismo´ para hacer la
práctica y ustedes pueden tomar cualquiera de ellas siguiendo más o menos los
mismos pasos y la manera de reflexionar que se van a mostrar.
¿Qué significa que yo creo que hay personas que
saben más que uno mismo? Significa que yo tengo la creencia que unas personas
saben más que otras y que incluso unas personas son más inteligentes que otras
y por consiguiente creo firmemente que hay personas que saben más que yo y que
me pueden ayudar en mi vida con mis problemas o para lograr mis deseos.
Para delimitar y entender en su justa medida lo
que quiero decir al expresar ´saber más que yo´, no me estoy refiriendo a que
una persona tenga más o menos capacidades o destrezas manuales o mentales sino que
me refiero al saber psicológico, a creer que una persona sabe más que yo
psicológicamente sobre la vida, y que me pueda asesorar o aconsejar sobre cómo
resolver mis problemas de relación, mi ansiedad, mi desequilibrio emocional,
mis temores a la soledad, al sufrimiento y a la muerte.
Parece lógico pensar que si una persona está
aconsejando a otra psicológicamente es porque ella misma ha resuelto los mismos
problemas y no sería lógico pensar que alguien que no ha resuelto sus propios
problemas esté aconsejándonos a resolver los nuestros y encima nos cobre dinero
por ello: comprándole algún libro, pagando una consulta o pagando la asistencia
a una conferencia.
¿Cómo sabemos si la persona que nos está
aconsejando o que estamos escuchando ha resuelto nuestros mismos problemas?
Normalmente, y debido a nuestra creencia, creemos que esas personas ya han
trascendido la clase de problemas que nosotros tenemos y los vemos como
iluminados o seres inteligentes y bondadosos, pero no se nos ocurre pensar que
puede ser que esas personas tengan nuestros mismos problemas.
Desde niños hemos aprendido a través de los
mayores la capacidad del lenguaje, a nombrar objetos y expresar ideas, y en
definitiva a comunicarnos. También hemos aprendido habilidades mentales como
las matemáticas y habilidades físicas como nadar o montar en bicicleta.
Quizás por esa razón hemos creído como una
verdad que alguien también puede enseñarnos a ser felices, a ser plenos, a
resolver nuestros problemas de relación, y nos pasamos la vida leyendo libros,
yendo al psicólogo o al amigo de turno, o buscando algún gurú o personaje a
quien seguir o imitar.
Hemos creído que los psicólogos no tienen
problemas psicológicos, que los curas no tienen problemas morales, que los
políticos no tienen problemas éticos o que los mecánicos no tienen averías con
su coche, lo cual es absolutamente falso y justamente cada uno de ellos adolece
más del mal que cree saber.

A veces no está bien delimitada la frontera
entre lo que es conocimiento operativo o instrumental y lo que es conocimiento
psicológico o subjetivo, y por esa razón podemos pasar años aprendiendo
determinadas técnicas que persiguen determinados logros psicológicos, lo cual
raya la estupidez. Ninguna técnica, imposición de manos, brebaje, carta astral,
explicación, va a inducirme la comprensión de algo en mi vida y más bien lo que
va a conseguir es condicionarme aún más y hacer más compleja si cabe mi
existencia.
De la misma forma, en este sentido psicológico
de la vida, nosotros no podemos enseñar a nadie, ni siquiera a nuestros hijos,
porque lo cierto es que la gran mayoría de las personas que dan conferencias
sobre autoayuda, de la clase que sea, lo único que hacen es vivir del cuento a
consta de crear ilusiones en los demás. Y su principal logro es que han sabido
explotar con descaro el asunto del que hablan.
Tratamos de mostrar una imagen de que sabemos y
de que podemos enseñar pero lo cierto es que detrás de esa imagen hay un ser
débil y frágil que necesita ser apreciado, ser tenido en cuenta, porque de lo
contrario se moriría de soledad y frustración. Cuando ya hemos perdido toda
esperanza de aprender es cuando surge en nosotros la necesidad de enseñar, como
engañándonos a nosotros mismos de que ya hemos llegado al final y a la vez engañando
a los demás de que nos necesitan para aprender.
No hay nada más penoso que ver a un maestro
enseñar. Los maestros que se dedican a enseñar es que no saben, los que saben
se dedican a descubrir y aprender. Solo es posible enseñar cuando se está aprendiendo,
cuando las personas aprenden juntas, de lo contrario todo lo que uno puede
enseñar no es más que sabiduría muerta.
Solemos identificarnos, alabar o apreciar
determinadas ideas o personajes, porque se nos ha educado para desear ser
alguien diferente a quien somos, y eso refuerza nuestro propio desprecio o rechazo
a alguna parte de nosotros mismos, y acabamos deseando una idea que imaginamos
real, en un movimiento egoísta que es absurdo porque nunca conseguiremos ser
nadie, ni tener lo que tengan otros, siempre e inevitablemente estaremos con
nosotros mismos.
Aprendimos desde pequeños a sentirnos
incompletos, a sentirnos incapaces, a pensar con las mentes de nuestros mayores
y poco a poco llegamos a convertimos en seres acomplejados que se niegan a sí
mismos la posibilidad de aprender del maestro que hay en cada uno de nosotros.
Es realmente vergonzoso ver el gran comercio que
existe entre lo que saben y los que no saben, entre los explotadores y los
explotados, y todos ellos navegan en la ignorancia de creer enseñar y creer
aprender.
Para liberarse uno de esa relación de
dependencia ha de comprender que en el vivir uno solo puede depender de sí
mismo, uno solo puede creer en sí mismo, uno tiene que sembrar, regar y recoger
en su propia tierra.
Pobre de aquellos que siembran y laboran en
tierra ajena esperando las migajas que el amo les quiera regalar, y por esa
razón en cuestiones psicológicas más vale morirse de hambre que pedir limosna o
lo que es lo mismo, más vale no saber nada que saberlo de segunda mano.
Por todo ello nadie me puede enseñar a
relacionarme, porque esa enseñanza corresponde a cada uno, y nadie me puede
enseñar a ser inteligente o a amar porque esa enseñanza solo es propio de cada
ser.
Si ha comprendido que los demás son tan
ignorantes como uno mismo, que uno no debe dejarse llevar por las apariencias,
entonces uno debe dejar la idea de que alguien le ayude, no resistirse a
madurar y empezar a hacer frente uno mismo a todos esos problemas, conflictos o
inconvenientes que uno mismo ha creado en las relaciones. Es maravilloso
sentirnos responsables, con independencia de nuestra capacidad o incapacidad,
para resolver nuestros asuntos psicológicos, filosóficos o morales, y permitir
ser ayudados única y exclusivamente en el terreno fisiológico.

Si a pesar de todo aún sigue pensando en su
incapacidad y delegando su responsabilidad en otros, no se preocupe, ponga
esperanza en la posibilidad de volver a nacer y tener más suerte la próxima
vez.